


Tuve la dicha de moderar aquel crisol de visiones sobre el cine, la literatura y algún que otro maravilloso desfase expuesto por estos genios. El salón de la Casa de la Cultura se quedó pequeño. En la mesa redonda era cascarón de huevo Paz Aragón, una actriz a la que Berlanga no le quitó ojo toda la noche. Como siempre, un sinverguenza de los escotes y las cachas.
Antes de venir a La Isla, él me comentaba que si el escenario donde iba a charlar era muy alto. Tenía problemas en sus piernas, para subir escaleras, ya estaba mayor físicamente, por dentro era un roble, lúcido en todo, demoledor, cenamos tras el acto en la Venta los Tarantos donde Gabriel puso un exquisito atún de almadraba en aceite que Berlanga devoró con fruición, mojando sopones de miga en él, feliz mientras compartía con el grupo sus devaneos, las glorias y miserias del cine español y de otros mundanos aspectos.
Al día siguiente quisimos que conociera La Isla profunda. Lo llevamos en coche a diversos enclaves de San Fernando, algo que nadie supo, y creyó que el barrio de la Pastora era un decorado, incluso tocó las paredes de sus casas, de su iglesia, embelesado con la belleza de algunos de sus trazos. Lo despedimos y siempre estuvo ahí. Donde siempre seguirá. En los cachondeos con mis amigos 'cinematográficos', cuando tomábamos las copas de dos en dos, fuera la noche que fuera, brindábamos diciendo "por don Luis García Berlanga. Con dos cojones". Era algo así como él con su palabra fetiche, "austrohúngaro", que la metía solapada en cualquier personaje de sus películas.
La madre que parió, cómo duele que este tipo de gente que tanto te han aportado se vayan...
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