Les ruego que no prejuzguen mis palabras. Entiendo que
recurrir a la comparativa entre El día de
la revelación y Encuentros en la
tercera fase es para neófitos iniciados, pero tampoco puedo obviar lo que
Spielberg en conclusión ha querido hace en su última película: una versión dos,
tres, cinco punto cero (el número depende de hasta dónde noten ustedes el
cambio) de la película que rodó hace nada menos que cincuenta años. No hay más,
siento ser básico, primitivo, escueto. Lo que cambian son las circunstancias,
la presentación, que decía Oskar Schindler. A todo lo más, el plato se sazona con
unas pizcas de otros productos de la misma temática del director, con especial
predilección por Inteligencia Artificial.
Mucha más de la que pueda aparentar. Si no, que se lo digan a John Williams.
Pero vayamos por partes.
Dada la manía por mostrar vida extraterrestre y exponerla
con la misma filosofía en la que priman finales paroxísticos aun que pasen los
años, Spielberg ha optado por volver a sus obsesiones con una inteligente
–aunque inane- transformación del cuento adaptado a los tiempos. Hace medio
siglo se recreó con la (pausada, casi interminable, se tiene que decir y se
dice) secuencia del clímax de una película con éxtasis final en medio de una
montaña y sostenida con los impulsos irracionales generados por personajes que
tejen una maraña desmadejada con solvencia. Hoy el mensaje no está en un paraje
exterior donde los extraterrestres contactan con los seres humanos a través de
unas notas musicales, sino en los platós de televisión donde la irrupción de
las noticias bomba en directo paralizan la actividad sobre la tierra.
Actualización del entorno como medida más importante.
La gente no llevaba
móviles en 1977 y no todos tenían televisor en casa. Hoy resulta impensable no
depender de la domótica, de los artefactos de comunicación inmediata, por lo
que Spielberg ha tenido clara la actualización del cénit de su nueva obra de
manida conceptualización: ha puesto a un marciano delante de las cámaras
mientras la gente lo contempla en sus pantallas, alucinada, en el autobús, en
las paradas, andando por las calles, en los WC,… ya no hace falta mirar
escaparates de establecimientos que venden Telefunken de 24
pulgadas con válvulas en color. Ahora meamos sentados para ver mientras las noticias y
tiktok. Y si la autocomplacencia spielbergiana de aquellos 70 abriendo ya la
veda de su obsesión se extendía en la parte final de la película para alcanzar
tintes epopéyicos, en El día de la revelación
trata de hacerlo exactamente igual pero con periodistas, estudios televisivos y
mensajes cacareados con staccato, en lugar de con música. Ya era un descaro
hablar con los marcianos a través de cinco notas musicales, algo hay que
disimular. De eso se encarga John Williams para, durante los primeros veinte
minutos de El día de la revelación,
apenas incluir música, en todo caso rutinaria, incidental, con el único reclamo
y marchamo del estilo Williams pero sin capacidad narrativa alguna en el
conjunto global de la película. El compositor nos deja intuir algo al cuarto de
hora de película, en una conversación entre el informático Daniel Kellner y su
novia exmonja (¡!), una naciente construcción del tema musical que posteriormente
hilvanará la película, pero es solo un balbuceo. Porque en pantalla en ese
momento solo está un tercio de los verdaderos protagonistas de este folletín.
¡Ponga un sincronizador mental en su penoso guión y solucione la vida a su culebrón!
Tenemos al Williams más narrativo a partir del minuto 20,
cuando aparece el pájaro multicolor que forma parte del uso y abuso del CGI en
el filme y suenan las notas –a veces con coros celestiales, en otras con trompa
o ambos en el desarrollo- que surgen dando sentido musical al contacto como lo
hicieron las atmósferas, los gorgoritos del lux
aeterna utilizado por Kubrick en 2001, que a fin de cuentas es uno de los
maestros de Spielberg en tantas películas. Todo lo demás, lo de Williams me
refiero, es producto del piloto automático, además de deslavazado, casi
anárquico. Y sí, no lo niego, Williams lo logra: nos une musicalmente a Daniel,
a Margaret y a los marcianos disfrazados de fauna terrestre con Listen..., el
tema estrella de la banda sonora: lo inicia con Daniel confesando sus miedos a
su novia pero altera su desarrollo (no es el momento, están sucediendo otras
cosas y queda por presentar en la siguiente secuencia al alter ego protagónico
femenino), lo desarrolla con suficiente poder narrativo con la aparición del
pájaro anteriormente citada, lo afianza a la media hora del filme cuando Daniel
contempla a los ciervos en la casa de campo a donde huye con su novia y lo
culmina un poco más allá de la hora y media cuando ambos están juntos y
contemplan un zorro que los mira.
Lo lógico hubiera sido que en la melaza final
hubiera aparecido Listen..., no solo porque es el mensaje oral con el que termina la
película, sino por el encuentro resolutivo entre las tres partes
(extraterrestres, emisora y traductor) ante millones de espectadores. Pero en
lugar de eso, Spielberg y Williams decidieron utilizar notas mayormente
incidentales sobre un fondo de acúfenos durante once minutos, todo ello como
recurso fácil para mantener la tensión mientras la combinación del sonido
infinito sostenido y los ruidos causados por los efectos de la película nos
rompen los tímpanos. Se adivina ahí, en las escenas de los extraterrestres
desahuciados, documentalísticas, en blanco y negro o sepia, otra de las
temáticas preferidas del director: el holocausto.
Qué bien escrita está la
música (es Williams, puñetas) pero qué pesadez. Un cierto cambio de registro
(que no silencio) parece interrumpirla tras seis minutos desde que comenzó la secuencia del desenlace de la cinta, y
llama poderosamente la atención que surjan cinco notas que se repiten
continuadamente, coincidiendo con la incipiente aparición en el estudio de
televisión del extraterreste. ¿Cinco notas? ¿No eran cinco también las
utilizadas para contactar con estos seres en Encuentros en la tercera fase,
quizá las más famosas de la música de cine junto con el inmisericorde rasgueo
de cuerdas de Herrmann en Psicosis? Todo lo demás, hasta la conclusión, son
dedos pulsados en las mismas notas y un pitido insufrible. Llévense aspirinas.
Roy Neary hacía porquerías con la espuma de afeitar, con el
barro. Spielberg utilizaba unos elementos y una simbología eficaz hace
cincuenta años, ahora superada. De manera que, con ese sentido preclaro que
siempre ha tenido el cineasta aunque las costuras se le note cada vez más –ya
va camino de ochenta años-, aquel primitivismo había que sustituirlo por
unidades de USB acumuladas como en cajas de tiendas de chinos, bifurcar en
ambos sexos el vehículo humano que soporta y es utilizado para el mensaje final
y rellenar minutos con lo que el director de
la saga de Indiana Jones o ET (ahora les comento porqué menciono
estos títulos) ya ha demostrado ser lo que es. Es decir, pulcrísimas
persecuciones llevadas al límite, efectos sonoros apabullantes, cámaras
subjetivas, huidas inverosímiles (de ahí lo de las cintas antes citadas)… Nada
nuevo, como venimos diciendo. Por mucho que algunos se empeñen en las loas de
la secuencia del tren y el coche dando botes por la vía, hasta el punto de
hacer el ridículo asegurando que es de las mejores secuencias rodadas en la
historia del cine de acción. Les juro que lo he leído, no sé dónde, posiblemente
en redes, esos lugares infectos plagados de críticos domésticos y gente muy
cortita. ¿Es que nadie recuerda los quince últimos minutos de ET?
En todo este universo se entremezclan personajes
estereotipados, arrepentidos repentinos de sus prácticas malvadas y niños
hinchosos (¡que no falten en el paradigma spielbergiano!) reafirmados con el
piano de Williams. De hecho, la regresión de Margaret en la reconstrucción de
su hogar para descubrirnos la procedencia de su misión junto con la de Daniel es
musicalmente similar a los devaneos caseros de David, el niño robótico de
Inteligencia Artificial. Y hay también moralinas religiosas marca de la casa.
En este sentido, da vergüenza ajena la secuencia de la lucha mental entre Noah
Scanlon (Colin Flirth) y Jane Blankenship (Eve Hewson) en la que el espectador
termina por pensar que está viendo una película barata de posesiones demoníacas
(¡tanto plano del crucifijo y mano estigmatizada, por favor!) más que una
historia de… bueno, una historia diluida, realmente. Que en Encuentros en la tercera fase la gente
rezara e incluso aquel batallón seleccionado fuera a misa no chirriaba en 1977.
De hecho, incluso Avildsen puso a rezar a Rocky Balboa en un retrete antes de
repartir leña a diestro y siniestro, pero de aquellas pinceladas accesorias se
ha pasado aquí a una trascendencia tan ridícula como inconexa: un convento de
monjas, un repaso al génesis con una madre superiora que cree en la vida
extraterrestre porque en la biblia se habla de la creación de la vida humana
pero en la tierra, lo que abre la posibilidad de otras existencias más allá… La
inclusión del elemento moral es tan pacato como innecesario en esta historia,
pero Spielberg es lo que tiene: que o toca la fibra infantil o la religiosa,
porque ¿qué es al fin y al cabo ET, aparte de una magistral película a años luz
de lo último de su director, sino un ser venido del cielo que reclama bondad a
la humanidad tras resucitar?


Ahora se nos pide que escuchemos. Fundido a negro y
créditos. Tanto metraje para, al final, cortar el rollo como un apagón de luz.
Con lo bonito que le hubiera quedado lo que Peter Hyams hizo para culminar 2010
tras su “Dios mío, está lleno de estrellas”, mucho más resultón. Y la sensación
de que todo esto es un pastiche, un canto de cisne de un cineasta obsesionado
con las posibilidades de vida inteligente más allá de la tierra (aquí, en ella,
ya está casi extinguida) y una pretendidamente sagaz actualización de lo
ya visto pero sin la frescura ni la revolución de quien con un simple pez en el
agua generó el pánico mundial en lugar del tedio que causa dos horas y cuarto
de una revelación que quizá guste a los periodistas que aún creen en lo idílico
de los platós, las redacciones con laberínticos pasillos formados por mesas repletas de plumillas y que la verdad contada sin tapujos salvará a la humanidad,
en lugar de hacerlo los anuncios publicitarios y los dineros endiñados por las administraciones
públicas para convertir los medios en panfletos políticos. Eso si no se duermen en la butaca antes de la media hora final. Y también entusiasmará a los más incondicionales del director y de John Williams, pero esos no cuentan a la hora de hacer una justa y necesaria crítica ecuánime en el mundo del antaño Séptimo Arte, que se nos desangra a
cada película estrenada. Aunque sea de nuestro contemporáneo Frank Capra dos, tres, cinco
punto cero.
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VÍDEO EN EL CANAL #ULTIMOESTRENO CON LA CRÍTICA Y ANÁLISIS MUSICOLÓGICO DE LA PELÍCULA: Dado que en este videorreportaje se muestran escenas del filme y se explican momentos que pueden desvelar motivos narrativos y desenlaces importantes para el espectador, es recomendable verlo TRAS VISIONAR PRIMERAMENTE LA PELÍCULA, con el objetivo de recabar detalles que enriquezcan a quienes la visionen. No obstante, hay a quienes no les importan los llamados popularmente spoilers, que también pueden ver perfectamente este vídeo antes de la película si se trata de personas que prefieren conocer elementos de ella que, sin visionar antes la cinta, no se percatarían de sus significados o intenciones. ENLACE AL VÍDEO: https://youtu.be/_es8_vjgWDU