lunes, 20 de abril de 2026

«Silencio», de Martin Scorsese (2016)

Cuaresma y Semana Santa son fechas en las que suelen repasarse las películas que tratan la figura de Jesucristo o de contenido religioso.

Recientemente aproveché para saldar la deuda que mantenía con Martin Scorsese cuando, en 2016, estrenó Silencio, que no llegué a ver en su día. Considerada como una de las películas malditas del cineasta, costó 50 millones de dólares y apenas recaudó veintitrés. Su escasa distribución en España y el hecho de contar con un metraje de dos horas y media y un tema complejo la perjudicó en su momento.

Silencio es una extraordinaria película que nada a contracorriente con los tiempos, algo que supongo Scorsese ya sabía desde que se propuso hacerla hace ya casi cuarenta años, justo después de que rodara La última tentación de Cristo, con la que el filme protagonizado por Liam Neeson, Andrew Garfield y Adam Driver tiene mucho que ver según lo reflejado en el papel encarnado por el actor que ha dado vida a Spiderman en las últimas películas de la saga. El jesuita Sebastião Rodrigues, junto a su colega de hábitos Francisco Garupe, emprende un viaje iniciático en busca del que fuera su mentor en las enseñanzas jesuíticas, el padre Ferreira (Liam Neeson), quien ha apostatado del cristianismo y se ha aferrado al budismo en una nueva vida en el Japón del siglo XVII. Rodrigues sufre las tentaciones provocadas por una tormentosa tesitura en su padecimiento en un país que tortura a los cristianos: si no reniega de su religión, morirá como mártir y no podrá continuar su labor evangelizadora. Si apostata como hizo Ferreira, los japoneses conversos al cristianismo no serán asesinados, pero para ello debe pisotear y escupir sobre los símbolos cristianos que los nipones le imponen ante sus ojos, en un ritual por el que se formaliza la negación de Jesucristo. Lo que hagan los japoneses convertidos no importa, porque las autoridades van a matarlos de igual manera: lo que quieren es erradicar al evangelizador, que sirva como ejemplo, cercenar la raíz que, si crece, cambiará la filosofía de vida de un país en el que jamás triunfaron las enseñanzas de Jesús.

En esta lucha se mueve Silencio, a la que rápidamente relacioné con dos títulos icónicos en la historia del cine: Apocalypse Now y La misión. La primera, porque Ferreira se convierte en un nuevo coronel Kurtz, perdido en el Japón más cerrado tanto como Brando en la selva con los indígenas en su papel. La segunda, porque la evangelización e incluso imágenes similares evocan la película de Roland Joffé, pero en este caso no en Sudamérica sino en el país nipón donde en el siglo XVII se persiguió con saña a los cristianos.

Pronto nos percataremos de que Silencio es más profunda que las cintas de Coppola y Joffé, que los careos entre Rodrigues y el inquisidor japonés que lo retiene son la mesa y el mantel para que el espectador se sirva unas desasosegadoras dosis que nos obliga a ver los pros y los contras de renegar para salvar o jurar fidelidad para seguir construyendo el mito martirial tan unido al cristianismo evangelizador. Y entre todo ello, la constante llamada de Rodrigues a Cristo desde su interior para que le dé sentido a lo que está viendo. Un grito que recibe, precisamente, silencio. O eso es lo que creemos.

A un apasionante repaso a la moralidad humana se unen los formalismos (en lo positivo del término) de Scorsese a la hora de hacer cine, un director entre los que mejor ruedan en la historia del cine contemporáneo. Espacios geométricos en su más puro estilo con simetrías, escenas cenitales clamorosas, montaje impecable… Puro cine lastrado por un metraje algo excesivo pero sobre todo por la incompresión del público actual, que no quiere saber nada de películas que hagan pensar y aún menos en disquisiciones del alma.

Yo, que me he llevado diez años sin disfrutar esta joya que puede visionarse en Movistar+, me arrepiento muchísimo de haberla demorado.

Enlace para ver la videocrítica en #UltimoEstreno: https://youtu.be/rONtTiPup7E?si=MqRmSf630_sGhP0-

martes, 24 de marzo de 2026

La vida y la música se abren camino gracias a la ROSS

Siento la tardanza en publicar esta crónica, reportaje o análisis musicológico (que es más cursi llamarlo así, pero más acertado) del concierto que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) ofreció el pasado 23 de enero interpretando la música de Jurassic Park con la proyección de la película en pantalla cinematográfica. A estas alturas, el contenido informativo del evento ha perdido actualidad, pero creo que no sucede así con el análisis de una de las partituras más populares de John Williams.

En las próximas líneas os dejo esta aventura a la que os invito a adentraros más detalladamente a través de texto, vídeos y fotografías que viene a profundizar respecto al vídeo que publiqué días después del concierto y que podéis ver pinchando aquí: https://youtu.be/nVovMs539JY

                                                                       -----------------------------------------------



Haciendo una excepción con respecto a lo que mandan los cánones periodísticos, esta crónica del concierto que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofreció el 23 de enero de 2026 con la banda sonora original de la película Jurassic Park comienza por priorizar un agradecimiento, es decir, algo que suele convertirse en la apostilla del contenido principal, en los créditos finales de una película que solo llegamos a ver quienes compartimos sala con el personal encargado de la limpieza que se afana en dejarla inmaculada para la siguiente sesión y al que el tiempo apremia en cada barrido. 

Pero es de justicia agradecer a la ROSS que la música de cine forme parte, un año más, de su programación anual de conciertos. Y que las instituciones y firmas patrocinadoras sigan apostando por ello, porque en la perenne y necesaria reivindicación que hacemos de las bandas sonoras cinematográficas, no nos cansaremos de repetir que es un género que nos acompaña diariamente sin que, en muchas ocasiones, nos percatemos de ello. Algo orgánico en nuestra cotidiana manera de vivir. Sintonías y anuncios de programas televisivos y radiofónicos, espectáculos festivos cuyos organizadores se ven necesitados de cierto tipo de música, géneros que muchos siguen desconociendo el elevado grado de porcentaje deudor de la música para la pantalla,… Un (maravilloso) bombardeo inconsciente para los legos en la materia y una apasionante forma de vida audiovisual para quienes así lo decidimos hace ya décadas.

Por ello, que la ROSS considere que la música de cine debe tener su lugar es de agradecer. Tengamos en cuenta además el hecho de que, en los últimos doce meses, la orquesta hispalense ha ofrecido tres espectáculos con cuatro conciertos de gran calado en este sentido: el de la BSO de El Señor de los Anillos en febrero-marzo (pinchar aquí para ver la crónica), la clausura del Festival de Cine de Sevilla en noviembre por partida doble (leer la crónica) y el Jurassic Park in Concert el pasado 23 de enero bajo la dirección del maestro Anthony Gabriele, cuya solvencia y buen hacer en marcar los tiempos de la partitura de John Williams viene demostrando desde hace ya años, poniéndose al frente de distintas formaciones musicales con la misma fórmula que la ROSS ha decidido emplear atinadamente en los últimos tiempos, consistente en la proyección de la película íntegra en pantalla gigante a la que los músicos le incorporan en directo los temas correspondientes en cada secuencia del filme, respetando fidedignamente el montaje definitivo que en su día trabajaran compositor y director para crear la película definitiva. 

Se trata de una propuesta que los amantes de la música de cine valoramos más allá de los conciertos con temas principales conocidos de películas, porque con ella tenemos la oportunidad de escuchar en directo las composiciones que los músicos han escrito para escenas concretas que, bien por su dificultad para ser recepcionadas con agrado por el público más lego o por una incidentalidad catalogada erróneamente intrascendente o ‘de relleno’ para las imágenes, no tenemos la oportunidad de disfrutarlas en directo y apreciar las dificultades que para determinados instrumentos suponen o la riqueza orquestal de la que hacen gala. Un ejemplo de ello lo tuvimos en el auditorio de Fibes en Sevilla el pasado 23 de enero cuando la ROSS dio rienda suelta al que particularmente considero el momento musical más relevante de la película y la partitura de John Williams para Jurassic Park: la llegada de la expedición protagonista a Isla Nublar en helicóptero, sobrevolando la inmensidad del mar, la irrupción de los instrumentos de viento metal en todo su esplendor precedidos por el golpe de címbalo cuando el multimillonario Hammond advierte entusiasmado que están llegando al lugar donde su capricho se ha hecho realidad, reiterado instantes después, en toda su magnificencia, en el aterrizaje en el que las trompas y tubas reinciden en el espectacular tema al más puro estilo Williams no solo musical, sino en su objetivo narrativo como divisorio de secuencias, en el que la aparición de temas orquestales abiertos tras escenas silenciosas o dialogadas es marca de la casa del compositor y no solo en el cine spielbergiano. 


En este sentido, cabe recordar obras no tan reputadas como la primera secuela de Tiburón, que dirigió Jeannot Szwarc, en la que se emplea este mismo recurso quince años antes de musicalizar la epopeya jurásica, en la que Williams nos dejó un tema principal mucho más retentivo para los oídos de los espectadores del filme y del concierto en Sevilla que prácticamente cubrieron el aforo de varios miles de butacas del auditorio de Fibes que en principio iba a acoger dos conciertos, 22 y 23 de enero, si bien días antes la organización anunció que la cita de la primera jornada del jueves quedaba suspendida «debido a problemas logísticos y técnicos imprevistos», lo que obligó a realojar el viernes a quienes ya habían adquirido entrada para el día anterior si mostraban su deseo de asistir en lugar de optar por el ofrecimiento de la devolución del coste de la entrada. 



Una banda sonora narrativamente perfecta

El concierto de la ROSS fue un extraordinario espectáculo dedicado a una banda sonora de las más populares de Williams, tanto por el fenómeno generado por la película como por la citada facilidad para retener en el oído un tema principal que en su momento dio lugar a cierta polémica por sus similitudes con la música que Quincy Jones había compuesto ocho años precisamente para la película de Spielberg El color púrpura, curiosamente una de las pocas cintas de toda la carrera del cineasta nacido en Cincinnati que no ha musicalizado Williams. La virtud de ser asimilada con cierta facilidad no significa simplicidad en su composición ni resta mérito al talento del compositor. Si fuera así, tendríamos que culpar erróneamente a Alex North de componer una banda sonora ‘sencilla’ para Espartaco por su tema de amor. Hay tanta música elaborada en la partitura de North como en Jurassic Park de Williams, y si no, vuelvo a reivindicar los nueve minutos de secuencia de la llegada a Isla Nublar, recogidos en un solo tema en el disco de la edición original de la BSO.

Quizás Jurassic Park no sea un dechado de música a lo largo de más de dos horas de duración de la película, pero quienes asistieron al concierto el 23 de enero tuvieron el privilegio de comprobar que no por musicalizar más secuencias el producto final es mejor. Personalmente considero que Jurassic Park es uno de los ejercicios narrativos de Williams de los más selectos de su carrera, en contraposición a la música si la valoramos por sí sola. Pero no nos olvidemos que estamos hablando de música DE CINE, premisa fundamental en nuestro ámbito de análisis. Williams, maestro tendente a fagocitar la imagen con su impresionante talento musical, realiza un admirable ejercicio de contención y es de agradecer. Así, dio gusto ver al maestro Gabriele visionando con cierta relajación secuencias como la del Tiranosaurus Rex comenzando a hacer estragos en la lluviosa noche, los efectos sobre Dennis Nedry del ‘angelical’ Dilophosaurus o la espectacular secuencia de la huida del paleontólogo Alan Grant y los niños Lex y Tim en la estampida de los gallimimus, algunos de los cuales terminan sirviendo de festín al Rex. Peritas en dulce en lenguaje coloquial para musicalizar que Williams decide no interferir a favor de los efectos de sonido y de un silencio musical que costaría practicar a cualquier compositor.


Las alabanzas del maestro Williams a la ROSS 

Por lo tanto, la distensión le duraba al maestro Gabriele y a los músicos de la ROSS lo que acertadamente decidió en su día Williams a la hora de aportar su talento a una película proyectada en el concierto en dos partes, una primera de 70 minutos con una pausa de alrededor de veinte y una segunda mitad de casi una hora. Tiempo en el que una parte de los espectadores pudieron ver y leer con mayor detenimiento el tríptico que se les entregó a la entrada de la sala, editado a todo color y que muchos estarán preguntándose en este momento qué interés puede tener su mención. Es obvio que no tendría mayor relevancia que convertirse en pieza de recuerdo para los más fetichistas sin mayor mención en esta crónica si no fuera porque en una de sus caras incluyó un texto firmado por el propio John Williams y personalizado para este concierto en concreto. Bajo el epígrafe titulado «Nota del compositor», el creador de la banda sonora expone algunas cosas interesantes y toda una loa a la calidad de la orquesta sevillana, afirmando que «esta noche podemos deleitarnos con el magnífico sonido que produce la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla al interpretar la banda sonora completa en directo junto a la proyección (…) sé que hablo en nombre de todo los que participamos en la realización de Jurassic Park al decir que nos sentimos profundamente honrados por este evento». Todo un lujo contar con estas palabras del maestro Williams directamente remitidas a los organizadores del evento, y firmadas a pie de texto con su rúbrica de puño y letra reproducida en el tríptico.




La ROSS, experta siempre en trasladar a los espectadores de sus conciertos los códigos emocionales de la música cinematográfica, supo contagiar al público de los tres elementos esenciales que conforman Jurassic Park y con ella su música: la monumentalidad de un proyecto mesiánico que trata de burlar el hecho de que la naturaleza se abre paso por sus propios medios, reflejada principalmente en el tema citado de la llegada a Isla Nublar empleado también en la lucha final del Rex contra los velociraptores; el ámbito humano y emotivo relacionado con la creación de la vida traducido en el melódico tema principal utilizado la primera vez cuando aparecen los dinosaurios armónicamente en el hábitat creado para ellos a la vista de los asombrados y emocionados paleontólogos, en los braquiosaurios y el tierno momento con los niños y el doctor Grant en el árbol o en el tema ferial y melancólico que suena durante el relato de John Hammond y su circo de pulgas. Y en tercer lugar, los temas a caballo entre el terror, el suspense y la acción con especial interés nada más comenzar la película en el incidente con el velociraptor enjaulado, cuya música está compuesta al más puro estilo de las puestas en escena iniciales Spielberg-Williams (me resulta memorable en este sentido la que lograron para Indiana Jones y el templo maldito) y que, dicho sea de paso, convierten al maestro en el heredero más diáfano de quien diera los primeros pasos para convertir la música de cine en un elemento narrativo: Max Steiner. De hecho, son sorprendentes las similitudes estilísticas (no de notaciones) del tema relativo a la isla del King Kong de 1933 con el de Williams para la mencionada secuencia inicial de Jurassic Park, todo ello explicado en el vídeo del análisis musicológico cuyo enlace expuse en las primeras líneas de este texto.

Popularizar la música de cine inapropiadamente

Con una sincronía extraordinaria con la imagen y los aplausos enfervorizados del público en los créditos finales de la película, al sobresaliente éxito de la ROSS en este concierto solo hubo que ponerle dos inconvenientes ajenos a la contrastada calidad de la orquesta: faltaron los coros que en algunos momentos acompañan a varios temas de la banda sonora, aunque podemos ser condescendientes porque son testimoniales y fugaces y por lo que supone una masa coral de encarecimiento económico presupuestario, y la sorprendente permisividad de la organización para que el público comiera y bebiera en cualquier momento del espectáculo. El descanso, que es algo que interrumpe la película cuando nadie está cansado como sentenciaba mi admirado Carlos Pumares, se incluye en un concierto de esta índole tanto para los músicos como los asistentes, que tienen además la oportunidad de consumir en las cantinas habilitadas a tal efecto durante los veinte minutos que se destinan para ello. Resulta incomprensible por lo tanto que durante el desarrollo del evento se permita que decenas de espectadores utilicen las bandejas de los asientos para colocar bebidas, bocadillos o paquetes de chucherías o patatas, provocando durante el concierto ruidos a veces enormemente molestos, en especial de envoltorios de plástico o aluminio, caídas de contenidos, trasiego de servilletas y pañuelos y todo un sinfín de gestos impropios en un concierto de una orquesta sinfónica. Porque no olvidemos que este espectáculo no se reduce a una sala de cine en la que se proyecta una película, sino principalmente un acto artístico musical de gran envergadura en el que, como en todo evento de esta índole que se precie, es necesario guardar el debido silencio, no solo por respeto al propio público, sino principalmente a los músicos. En tantos años asistiendo a conciertos jamás ha vivido algo tan inaudito ante la permisividad del personal de mantenimiento y acomodadores de la sala.

Popularizar la música orquestal está muy bien, pero pagar como precio faltarle el respeto e interferirla por hacer negocio vendiendo comistrajos es algo tan escandaloso como el ruido de las bolsas que los contienen. Quiero entender que, con la pasividad mostrada por la organización en ese sentido y ante la cantidad de espectadores consumiendo sin comedimiento alguno, se abrió una peligrosa veda a la cual los primeros en oponerse deben ser los profesionales sobre el escenario, a los que, independientemente de esta circunstancia ajena a la gran calidad de lo ofrecido, ya esperamos impacientemente en la próxima apuesta que la ROSS dedique a la música de cine en su programación para la temporada venidera.




domingo, 1 de marzo de 2026

«Los domingos»: emosioengañao



«Los domingos» es la película triunfadora de los Premios Goya, que no me interesan en absoluto con la excepción de confirmar que ya hay más fantasmas entre acreditados de prensa y gente que va para mosconear colgando luego su fotito en redes que los figurines que suele haber entre los 'artistas' del cine.

«Los domingos» es una cosa curiosa porque el 99% de la gente que se siente atraída por la supuesta historia de una adolescente que quiere meterse a monja cree que va a ver algo que nos permitirá adentrarnos en la mente de la chica, poniéndonos en su lugar, con su punto de filosofía teocrática pero sin aburrir, con su existencialismo, su ética y moral y sus cositas que hagan pensar al espectador, todo ello contado por la boca de la niña y un qué me pasa tipo Regan cuando va descubriendo que también tiene algo en su interior pero mucho más jodido que una vocación. Corren tiempos en los que no está mal que una película nos haga pensar en cosas de la vida que se puedan convertir en motivos para que una chiquilla decida meterse en un convento. Pero es que resulta que aquí la niña es la sibilina excusa para contarnos la historia de una familia que, conforme avanza la película, se revela destrozada por cosas que terminan siendo más interesantes que la adolescente con cara de mutante callada cual Belinda. Cuando mis oídos ya se han adaptado a una película en la que no entiendo nada a los protagonistas porque no vocalizan un carajo, resulta que me interesa más el matrimonio en crisis de la tía de la chiquilla, el padre con su promesa respecto a la hipoteca, el niño del coro como macguffin, la abuela, etc. etc. Me interesa porque la película se va por los cerros de la familia y no por las interioridades de la futura monja, que era para lo que yo había ido al cine, no para ver una versión de «Gente corriente» con novicia in pectore. Así que, sin que la película esté mal -es mucho mejor que «Sirat», donde va a parar-, sí hay que decir que se opta por mostrar lo fácil, que son los traumas familiares, en lugar de lo difícil, que es la voz interior de una adolescente con la que conecto menos que con Netanyahu. Para colmo, no solo la chiquilla no dice ni mú, sino que no hay música narrativa que ayude a enfatizar -qué digo, a explicar- su lucha interior. No hay nada excepto repetidas canciones cual Oh Happy Day setentón.

En fin, que emosioengañao. Pero menos da una piedra, que ya nos darán con ella en un ojo cuando lleguen los Oscar, a donde los fantasmas que nos rodean más cercanos no llegan para hacerse fotos, aunque ya habrán descubierto la IA.

ENLACE AL VÍDEO EN #ULTIMOESTRENO: https://youtu.be/Vvxh_zJ0vPE?si=AQf7R5xWueKWBFO8

viernes, 13 de febrero de 2026

Día Mundial de la Radio


Hoy es el Día Mundial de la Radio, así que las redes van a colmatarse de comentarios maravillosos sobre este medio. Pocos van a decir que los estudios de las emisoras, con las excepciones de las más poderosas con sus centrales en Madrid, son lugares fantasmagóricos en los que ya no existe el trasiego de locutores, en los que se guardan ingentes cantidades de valioso material -desde vinilos a cintas con narraciones de momentos históricos para esas provincias y ciudades- que serán pasto de contenedores y parrillas rellenadas de trepas que no cobran pero con programas que les dan minutos de su gloria de mierda. 

Y es que son preferibles los fantasmas del pasado, que sí existieron, que los del presente creados de la nada.

viernes, 6 de febrero de 2026

Grazalema



Los primeros recuerdos que tengo de Grazalema se remontan a hace casi medio siglo. Para ello me ayudo de una fotografía que me desilvana la madeja de los hilos ovillados como remembranzas dormidas. Las desperezo con cuidado, para evitar desmarañarlas y después me vea incapaz de colocarlas en el sitio ordenado del costurero de la memoria, que a edad madura tendemos a removerlo buscando agujas que ya no pueden volver a coser lo vivido y mucho menos cambiar de talla.

En la imagen tengo un gorro de lana y las manos en los bolsillos de una chamarra de pana con reverso de borrego, muy de la época. Intuyo que es de finales de los setenta tanto como que hacía frío a pesar de que el sol dibuje mi sombra sobre la hierba y la silueta del Seat 1430 de mi padre. Era un coche blanco con tapicería de terciopelo rojo que nos llevó a lugares tan dispares como Madrid, Alicante, el Tívoli de Benalmádena... y Grazalema.

Sonrío pero me recuerdo mareado por las curvas. Por eso nos detuvimos un rato en el arcén. En otra foto similar (tengo dos del momento) estoy sentado sobre un montículo con el rostro lívido. Y voy desmadejando hasta irrumpir en mi mente una señal de tráfico en la que se leía que aquello era el Puerto del Boyar.

Imposible saber si fue el mismo día que el de otro momento que surge en mi memoria aunque sin fotografía que me ayude a sumar más recuerdos. El de una casa de nívea fachada cuando aún no se estilaba el lema de los 'pueblos blancos' en la que una señora cocinaba y ofrecía su riquísimo puchero a aquellos visitantes que adivinaban que su salón era una improvisada casa de comidas y por unas pocas pesetas resucitabas de entre los muertos que veníamos del Boyar. Por entonces no existían los bares de ahora, ni restaurantes de cartas con varias páginas, ni hoteles por Booking ni viviendas de alquiler para foráneos. Desde entonces, Grazalema ha formado parte de mi vida como lo son las cosas y las personas de las que te enamoras. 

Grazalema es un pueblo ingrávido. Han transcurrido los años y las costumbres se han visto afectadas por quienes somos foráneos, pero no lo suficiente como para comprobar su innata impermeabilidad a cualquier campo de fuerza que pueda alterar su naturaleza, la física y mental. Es el lugar en cuyos asomaderos, que es el primer enclave donde voy recién llegado, aguardo en compás de espera el lenguaje al alimón de los balidos y los cencerros en la lejanía mientras el agua que nace en El Endrinal susurra a un lado y a otro golpea en los lavaderos frente a la Fuente de Abajo. 

Grazalema me ha visto crecer en cada visita, ha sido un lugar de muchas vivencias personales, incluidos escarceos de adolescencia, y de experiencias profesionales, entre ellas las jornadas de exhumación de las fosas comunes cuya primera edición, en 2008, decidí voluntariamente cubrir para el medio en el que trabajaba por entonces, y cuyas conclusiones se quedaron clavadas para siempre en mi ideario mucho más allá del político: en el de lo ético y lo moral. 

Grazalema es silencio en noviembre aunque celebremos un cumpleaños. Es nuestra piscina levitando en el cielo en verano. Es buscar la papelera más próxima para tirar el envoltorio de los cubiletes. Es zafarse de esa perenne e inmortal señora mayor que, desde hace años, controla los horarios de las iglesias del pueblo para que no se escape nadie sin dar un donativo mientras te regala una estampa de algún santo y, por supuesto, te cuenta la historia de cualquier imagen sacra como le des pábulo. Es la panorámica desde la calle solitaria y más elevada de la Villa Turística, pernoctar en sus casas, encender la chimenea y contemplar, sin mirar el reloj, los pespuntes de las farolas del pueblo, allá en la lejanía, trazando una maravillosa constelación terrenal.

Y es Cádiz el chico, por supuesto, el restaurante. Donde Paco y su familia nos reciben con los brazos abiertos y nos dan las horas comiendo y charlando con él cada vez que se acerca a nuestra mesa. Donde hemos celebrado la Nochevieja durante años para terminar en la Plaza de España con las campanadas en su Ayuntamiento, deseándonos lo mejor para poder regresar al mismo lugar doce meses después.

Grazalema es el pueblo de Carlos, el alcalde, que es compañero de profesión porque ejerció en la radio antes de su salto a la política. Alejado del ruido que genera la política actual a niveles más elevados, es un buen tipo, al que me alegra saludar y con el que los grazalemeños están contentos.

Esto, al menos, y resumidamente, es Grazalema para mí. Cada cual posee sus particulares fotografías que te ayudan a recordar que hay lugares unidos a ti para siempre. A mí me ocurre con este pueblo de la sierra gaditana donde queremos volver en cuanto su gente deje atrás esta pesadilla para hacer lo que, en ocasiones, todos debemos: valorar los lugares y las personas que tanto nos dan sin necesidad de que les ocurra una desgracia como la que está sucediendo en estos días.




domingo, 1 de febrero de 2026

Segundo aniversario


Hoy, 1 de febrero, se cumplen
dos años de la presentación de mi libro «Las bandas sonoras para despedir los días».

Las facilidades dadas por la Universidad de Cádiz y el cariño que siempre me mostró el gran Bruto Pomeroy hicieron posible un acto que no olvidaré jamás y que fue el comienzo de un periplo con experiencias maravillosas que se extienden hasta 24 meses después.

Conrado Xalabarder, que es quien más entiende en España de esto de la música de cine, me telefoneó para trasladarme lo más bonito que te pueden decir sobre tu creación: «Es un libro muy hermoso, José Carlos, cuánta pasión despierta. Y has escrito también sobre algunas bandas sonoras poco comunes. Hay mucho amor en ese libro». Me propuso un mano a mano en un vídeo en su estupenda web mundobso.com para discutir sobre algunos de mis contenidos y criterios, pero no lo acepté porque no tengo altura para 'enfrentarme' a él ni siquiera amistosamente. Me bastó con la buena crítica publicada en la revista Fotogramas.

Es un libro muy hermoso. Con esa frase me quedo y con el cariño que me ha mostrado mucha gente que ha leído el libro, del que se han hecho dos ediciones al agotarse la primera.

Yo no deseo vanagloria ni demostrar nada en redes sociales a estas alturas, ni formar parte de los egos tan prolíficos aquí. Solo celebro un aniversario de una creación eficaz en su modestia para que la música de cine continúe ganando adeptos, que es una batalla de continuo velar armas, de mucho desgaste, maravillosamente satisfactoria y sobre todo sin final.




sábado, 31 de enero de 2026

La Real Orquesta Sinfónica de Sevilla y «Parque Jurásico». Análisis musicológico de la película.


Os cuento en este videorreportaje el concierto que la
Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) ofreció, el 23 de enero de 2026, interpretando la banda sonora original completa de «Parque Jurásico» con la proyección simultánea de la película, en una cita más enmarcada en la acertada iniciativa de difundir la música de cine haciéndolo fidedignamente tal como podemos disfrutar de ella al visionar un filme.

Aprovecho el evento para invitaros a adentrarnos en el papel de la composición que John Williams escribiera en 1993 para la película de Steven Spielberg, analizando sus temas más importantes y desgranando la función de cada uno de ellos. El vídeo incluye secuencias originales, otras a las que se les ha incorporado la música de la ROSS en directo, imágenes de la orquesta interpretándola del concierto bajo la batuta del maestro Anthony Gabrielle y un análisis en el que se destaca además las influencias musicales del Hollywood clásico en la música de Williams, especialmente la referidas a Max Steiner (King Kong, 1933).


Enlace: https://youtu.be/nVovMs539JY?si=8OcjgfgI1VQOgx_O