Dada la manía por mostrar vida extraterrestre y exponerla con la misma filosofía en la que priman finales paroxísticos aun que pasen los años, Spielberg ha optado por volver a sus obsesiones con una inteligente –aunque inane- transformación del cuento adaptado a los tiempos. Hace medio siglo se recreó con la (pausada, casi interminable, se tiene que decir y se dice) secuencia del clímax de una película con éxtasis final en medio de una montaña y sostenida con los impulsos irracionales generados por personajes que tejen una maraña desmadejada con solvencia. Hoy el mensaje no está en un paraje exterior donde los extraterrestres contactan con los seres humanos a través de unas notas musicales, sino en los platós de televisión donde la irrupción de las noticias bomba en directo paralizan la actividad sobre la tierra. Actualización del entorno como medida más importante.
La gente no llevaba móviles en 1977 y no todos tenían televisor en casa. Hoy resulta impensable no depender de la domótica, de los artefactos de comunicación inmediata, por lo que Spielberg ha tenido clara la actualización del cénit de su nueva obra de manida conceptualización: ha puesto a un marciano delante de las cámaras mientras la gente lo contempla en sus pantallas, alucinada, en el autobús, en las paradas, andando por las calles, en los WC,… ya no hace falta mirar escaparates de establecimientos que venden Telefunken de 24 pulgadas con válvulas en color. Ahora meamos sentados para ver mientras las noticias y tiktok. Y si la autocomplacencia spielbergiana de aquellos 70 abriendo ya la veda de su obsesión se extendía en la parte final de la película para alcanzar tintes epopéyicos, en El día de la revelación trata de hacerlo exactamente igual pero con periodistas, estudios televisivos y mensajes cacareados con staccato, en lugar de con música. Ya era un descaro hablar con los marcianos a través de cinco notas musicales, algo hay que disimular. De eso se encarga John Williams para, durante los primeros veinte minutos de El día de la revelación, apenas incluir música, en todo caso rutinaria, incidental, con el único reclamo y marchamo del estilo Williams pero sin capacidad narrativa alguna en el conjunto global de la película. El compositor nos deja intuir algo al cuarto de hora de película, en una conversación entre el informático Daniel Kellner y su novia exmonja (¡!), una naciente construcción del tema musical que posteriormente hilvanará la película, pero es solo un balbuceo. Porque en pantalla en ese momento solo está un tercio de los verdaderos protagonistas de este folletín. ¡Ponga un sincronizador mental en su penoso guión y solucione la vida a su culebrón!
Tenemos al Williams más narrativo a partir del minuto 20, cuando aparece el pájaro multicolor que forma parte del uso y abuso del CGI en el filme y suenan las notas –a veces con coros celestiales, en otras con trompa o ambos en el desarrollo- que surgen dando sentido musical al contacto como lo hicieron las atmósferas, los gorgoritos del lux aeterna utilizado por Kubrick en 2001, que a fin de cuentas es uno de los maestros de Spielberg en tantas películas. Todo lo demás, lo de Williams me refiero, es producto del piloto automático, además de deslavazado, casi anárquico. Y sí, no lo niego, Williams lo logra: nos une musicalmente a Daniel, a Margaret y a los marcianos disfrazados de fauna terrestre con Listen..., el tema estrella de la banda sonora: lo inicia con Daniel confesando sus miedos a su novia pero altera su desarrollo (no es el momento, están sucediendo otras cosas y queda por presentar en la siguiente secuencia al alter ego protagónico femenino), lo desarrolla con suficiente poder narrativo con la aparición del pájaro anteriormente citada, lo afianza a la media hora del filme cuando Daniel contempla a los ciervos en la casa de campo a donde huye con su novia y lo culmina un poco más allá de la hora y media cuando ambos están juntos y contemplan un zorro que los mira.
Lo lógico hubiera sido que en la melaza final hubiera aparecido Listen..., no solo porque es el mensaje oral con el que termina la película, sino por el encuentro resolutivo entre las tres partes (extraterrestres, emisora y traductor) ante millones de espectadores. Pero en lugar de eso, Spielberg y Williams decidieron utilizar notas mayormente incidentales sobre un fondo de acúfenos durante once minutos, todo ello como recurso fácil para mantener la tensión mientras la combinación del sonido infinito sostenido y los ruidos causados por los efectos de la película nos rompen los tímpanos. Se adivina ahí, en las escenas de los extraterrestres desahuciados, documentalísticas, en blanco y negro o sepia, otra de las temáticas preferidas del director: el holocausto.
Qué bien escrita está la música (es Williams, puñetas) pero qué pesadez. Un cierto cambio de registro (que no silencio) parece interrumpirla tras seis minutos desde que comenzó la secuencia del desenlace de la cinta, y llama poderosamente la atención que surjan cinco notas que se repiten continuadamente, coincidiendo con la incipiente aparición en el estudio de televisión del extraterreste. ¿Cinco notas? ¿No eran cinco también las utilizadas para contactar con estos seres en Encuentros en la tercera fase, quizá las más famosas de la música de cine junto con el inmisericorde rasgueo de cuerdas de Herrmann en Psicosis? Todo lo demás, hasta la conclusión, son dedos pulsados en las mismas notas y un pitido insufrible. Llévense aspirinas.
Roy Neary hacía porquerías con la espuma de afeitar, con el barro. Spielberg utilizaba unos elementos y una simbología eficaz hace cincuenta años, ahora superada. De manera que, con ese sentido preclaro que siempre ha tenido el cineasta aunque las costuras se le note cada vez más –ya va camino de ochenta años-, aquel primitivismo había que sustituirlo por unidades de USB acumuladas como en cajas de tiendas de chinos, bifurcar en ambos sexos el vehículo humano que soporta y es utilizado para el mensaje final y rellenar minutos con lo que el director de la saga de Indiana Jones o ET (ahora les comento porqué menciono estos títulos) ya ha demostrado ser lo que es. Es decir, pulcrísimas persecuciones llevadas al límite, efectos sonoros apabullantes, cámaras subjetivas, huidas inverosímiles (de ahí lo de las cintas antes citadas)… Nada nuevo, como venimos diciendo. Por mucho que algunos se empeñen en las loas de la secuencia del tren y el coche dando botes por la vía, hasta el punto de hacer el ridículo asegurando que es de las mejores secuencias rodadas en la historia del cine de acción. Les juro que lo he leído, no sé dónde, posiblemente en redes, esos lugares infectos plagados de críticos domésticos y gente muy cortita. ¿Es que nadie recuerda los quince últimos minutos de ET?
En todo este universo se entremezclan personajes estereotipados, arrepentidos repentinos de sus prácticas malvadas y niños hinchosos (¡que no falten en el paradigma spielbergiano!) reafirmados con el piano de Williams. De hecho, la regresión de Margaret en la reconstrucción de su hogar para descubrirnos la procedencia de su misión junto con la de Daniel es musicalmente similar a los devaneos caseros de David, el niño robótico de Inteligencia Artificial. Y hay también moralinas religiosas marca de la casa. En este sentido, da vergüenza ajena la secuencia de la lucha mental entre Noah Scanlon (Colin Flirth) y Jane Blankenship (Eve Hewson) en la que el espectador termina por pensar que está viendo una película barata de posesiones demoníacas (¡tanto plano del crucifijo y mano estigmatizada, por favor!) más que una historia de… bueno, una historia diluida, realmente. Que en Encuentros en la tercera fase la gente rezara e incluso aquel batallón seleccionado fuera a misa no chirriaba en 1977. De hecho, incluso Avildsen puso a rezar a Rocky Balboa en un retrete antes de repartir leña a diestro y siniestro, pero de aquellas pinceladas accesorias se ha pasado aquí a una trascendencia tan ridícula como inconexa: un convento de monjas, un repaso al génesis con una madre superiora que cree en la vida extraterrestre porque en la biblia se habla de la creación de la vida humana pero en la tierra, lo que abre la posibilidad de otras existencias más allá… La inclusión del elemento moral es tan pacato como innecesario en esta historia, pero Spielberg es lo que tiene: que o toca la fibra infantil o la religiosa, porque ¿qué es al fin y al cabo ET, aparte de una magistral película a años luz de lo último de su director, sino un ser venido del cielo que reclama bondad a la humanidad tras resucitar?









