El 12 de octubre de 2023 me encontraba en uno de esos viajes a Nerja en los que las grabaciones documentalísticas relacionadas con Verano Azul se mezclan con el disfrute de lo que te ofrece el maravilloso municipio de la Axarquía malagueña. Me enteré por la tarde noche, antes de que los medios comenzaran gradualmente a publicarlo. De hecho, algunos de los más relevantes lo hicieron bien entrada la madrugada o a la mañana siguiente. Carlos Pumares había fallecido a los 80 años de edad.
Es curioso que el momento más triste que he vivido en Nerja estuviera relacionado con algo o alguien ajeno al pueblo. Y muy jodido saber que acaba de morirse un referente en cosas enormemente importantes en tu vida, ya sea recibiendo la noticia en el hotel del bueno de Manolo de la calle Pintada o en la salita de tu casa. La desaparición de tu gente consanguínea y la de quienes han jugado un papel trascendental en tu vida es algo que debemos asumir mientras miramos de reojo el reloj, y cuando quedan cosas bonitas pendientes te entristece aún más. Te pilla en fuera de juego y con la vida acabada de convertirse en el árbitro que no concede un segundo más de tiempo suplementario para darte opciones de ganar el partido. Estaría bien hacer símiles con cosas del cine, pero a Pumares también le gustaba mucho el fútbol, así que estoy seguro de que me disculparía.
A Carlos le decía desde años antes de aquel 12 de octubre que a mí lo que me gustaba de siempre era destripar las películas y no tanto empeñarme en coger una cámara. Aquello venía a colación porque en una entrevista que le hicieron en 2016 afirmó que los críticos de cine éramos en el fondo unos cineastas frustrados. Fue una de las pocas cosas en la que estábamos en desacuerdo, aunque tampoco le iba la vida en discutir sobre ello cuando hablábamos. Siempre lo tomé como una sentencia de alguien que amaba profundamente hablar de cine y enseñar su magia a los demás aunque afectado por la crepuscular carrera como crítico a la que se vio abocado por el abyecto mundo editorialista y la pocilga en la que los dueños de los grupos de comunicación propietarios de las emisoras de radio habían convertido los entresijos de las ondas. Pumares no pegaba ya en un lodazal de barro aún más imparable desde el antenicidio como tampoco su estilo de programa ni de practicar la crítica que tanto éxito le dio en los ochenta y noventa. ¿Para qué pinchar un tema musical de un vinilo recién solicitado por un oyente de madrugada cuando ya está disponible en internet desde antes del estreno de la película? ¿Para qué hablar de cine mientras la multitudinaria audiencia espera el chasquillo del mechero frente al Sennheiser cuando ya no se puede fumar? ¿Para qué aguardar el ritual de las notas de piano de la careta de entrada de Polvo de Estrellas cada madrugada si cientos de cretinos que creen saber de cine cacarean a todas horas las fichas técnicas de las películas y dicen dos carajotadas creándose canales en YouTube y podcast en los que no se produce el sacrosanto contacto bidireccional entre locutor y oyente, que es la fórmula indispensable de la radio?
Si los seguidores de estas aberraciones de contenido –de continente da para otro debate sobre hacia dónde va la comunicación- cuentan con miles, a veces millones de seguidores, ¿qué pintamos los de la vieja escuela, los que en la producción necesitábamos controlista para nuestro programa cuando hace años que las restricciones han suprimido o recortado empleos en el anonimato pero fundamentales para hacer posible un producto profesional digno? Algunos nos empeñamos en no desfallecer tras casi cuatro décadas en el oficio, aunque personalmente mi fecha de caducidad está próxima, por astío y por salud. Pero todo esto le pilló a Carlos camino de los ochenta años, cumplidos precisamente unos días antes de su muerte. Todo esto de los podcast, de los programas enlatados y faltos de alma, de internet como un gran spoiler de las ilusiones nocturnas, y por supuesto el cambio de hábitos de los espectadores, lobotomizados por series infectas y convertidores de las salas de cine en salitas de casa en las que atender el teléfono y masticar hamburguesas.
Decía que había cosas bonitas pendientes cuando de repente recibí la noticia del obituario. A Pumares lo felicité por su cumpleaños el 29 septiembre. Tiempo antes le había comentado algo, muy livianamente, a colación de los críticos como cineastas frustrados, anunciándole que, por una vez en la vida y desdiciéndome de mi pertinaz defensa del crítico ‘puro’, estaba dispuesto a preparar un guion del que iba a ser un documental que ansiaba dirigir. Se trataba de un trabajo sobre él, una minuciosa película con imágenes retrospectivas sobre su vida profesional pero con mucho contenido de voz propia. Me interesaba que Carlos contara ante la cámara sus reflexiones no solo cinematográficas, sino también de lo sucedido en los medios de comunicación en las últimas décadas, lo ocurrido con Antena 3, la SER, la creación de Vocento, su paso por Onda Cero, la cantidad de gente del negocio de los medios que conoció e incluso con los que participó… Me daba igual si el documental duraba treinta o ciento cincuenta minutos. Era todo sobre Pumares. Aquella idea comenzó a tomar forma en 2022, y aunque quise ser muy reservado al respecto, en septiembre no pude reprimirme y publiqué en twitter que no llegaba a entender cómo se podía hacer una película sobre Carlos Boyero sin que nadie hubiera reparado en la figura preferencial de Carlos Pumares. Mi referencia a Prisa me servía obviamente de autorespuesta. Varios días después, José Antonio González, un admirador de Carlos y conocido de la familia, con frecuente contacto con Carmen, su mujer, me escribió un mensaje privado alentándome a llevar a cabo un proyecto y ofreciéndome su colaboración. Aquello me animó y me puse a trabajar durante los meses posteriores. En el verano de 2023, el documental estaba prácticamente plasmado sobre el papel. Le envié un whatsapp a Carlos: «Tengo que hablar contigo sobre un asunto que ya ha tomado forma». Su respuesta, a las 17:53 h. de esa misma tarde, fue: «Cuando quieras».
Todo se truncó poco después. Cuando le envié mi felicitación aquel 29 de septiembre, no me contestó. Me extrañó y se me vino a la mente su delicado estado de salud en aquellos meses. Tras fallecer, su propia viuda, en un ejemplo de atención y delicadeza hacia mí, me escribió con el móvil del mismo Carlos, excusando el silencio de su marido y revelándome que estaba cada vez más enfermo desde semanas antes. No pude contener las lágrimas. Como tampoco la rabia porque, además del documental jamás realizado, no pude cumplir la promesa de entregarle un ejemplar de mi libro Las bandas sonoras para despedir los días porque su publicación vio la luz en enero de 2024, tan solo tres meses después.
Así que, cada 12 de octubre, me acuerdo aún más de mi maestro. De quien si no lo hubiera descubierto aquellas noches que me convertían en zombi matutino camino del instituto, jamás hubiera hecho radio, ni hubiera existido Último Estreno. Algunos creen que no hay diferencia entre los charlatanes de YouTube actuales y Pumares porque, al fin y al cabo, en Polvo de Estrellas tampoco se profundizaba en valoraciones ni se analizaba cada película hasta compartir los códigos que atesoran. Se quedaron en los exabruptos de Carlos —en su papel estudiado—, las listas de llamadas y en las respuestas: «Obra maestra», «espantosa», «tá bonita», «aburrida»… Un reduccionismo injusto de un programa y un hombre excepcional que me hicieron descubrir la grandeza del cine gracias a la carbonilla en el ojo que Trevor Howard adivina en el ojo de Celia Johnson, la línea del horizonte de John Ford —mucho antes de que llegara Spielberg con The Fabelmans— y cómo entender 2001 imaginando a Dios convertido en monolito. Aunque a mí Dios se me presentaba cada noche diciendo aquello de «Sí, buenas noches, dígame».
Enlace a la participación de Carlos Pumares en el programa #UltimoEstreno en la noche de los Oscar de 1996: https://youtu.be/4nHJtTFNUec?si=qOKvefartPa9b9l9











