Siento la tardanza en publicar esta crónica, reportaje o análisis musicológico (que es más cursi llamarlo así, pero más acertado) del concierto que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS) ofreció el pasado 23 de enero interpretando la música de Jurassic Park con la proyección de la película en pantalla cinematográfica. A estas alturas, el contenido informativo del evento ha perdido actualidad, pero creo que no sucede así con el análisis de una de las partituras más populares de John Williams.
En las próximas líneas os dejo esta aventura a la que os invito a adentraros más detalladamente a través de texto, vídeos y fotografías que viene a profundizar respecto al vídeo que publiqué días después del concierto y que podéis ver pinchando aquí: https://youtu.be/nVovMs539JY
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Haciendo una excepción con respecto a lo que mandan los cánones periodísticos, esta crónica del concierto que la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla ofreció el 23 de enero de 2026 con la banda sonora original de la película Jurassic Park comienza por priorizar un agradecimiento, es decir, algo que suele convertirse en la apostilla del contenido principal, en los créditos finales de una película que solo llegamos a ver quienes compartimos sala con el personal encargado de la limpieza que se afana en dejarla inmaculada para la siguiente sesión y al que el tiempo apremia en cada barrido.
Pero es de justicia agradecer a la ROSS que la música de cine forme parte, un año más, de su programación anual de conciertos. Y que las instituciones y firmas patrocinadoras sigan apostando por ello, porque en la perenne y necesaria reivindicación que hacemos de las bandas sonoras cinematográficas, no nos cansaremos de repetir que es un género que nos acompaña diariamente sin que, en muchas ocasiones, nos percatemos de ello. Algo orgánico en nuestra cotidiana manera de vivir. Sintonías y anuncios de programas televisivos y radiofónicos, espectáculos festivos cuyos organizadores se ven necesitados de cierto tipo de música, géneros que muchos siguen desconociendo el elevado grado de porcentaje deudor de la música para la pantalla,… Un (maravilloso) bombardeo inconsciente para los legos en la materia y una apasionante forma de vida audiovisual para quienes así lo decidimos hace ya décadas.
Por ello, que la ROSS considere que la música de cine debe tener su lugar es de agradecer. Tengamos en cuenta además el hecho de que, en los últimos doce meses, la orquesta hispalense ha ofrecido tres espectáculos con cuatro conciertos de gran calado en este sentido: el de la BSO de El Señor de los Anillos en febrero-marzo (pinchar aquí para ver la crónica), la clausura del Festival de Cine de Sevilla en noviembre por partida doble (leer la crónica) y el Jurassic Park in Concert el pasado 23 de enero bajo la dirección del maestro Anthony Gabriele, cuya solvencia y buen hacer en marcar los tiempos de la partitura de John Williams viene demostrando desde hace ya años, poniéndose al frente de distintas formaciones musicales con la misma fórmula que la ROSS ha decidido emplear atinadamente en los últimos tiempos, consistente en la proyección de la película íntegra en pantalla gigante a la que los músicos le incorporan en directo los temas correspondientes en cada secuencia del filme, respetando fidedignamente el montaje definitivo que en su día trabajaran compositor y director para crear la película definitiva.
Se trata de una propuesta que los amantes de la música de cine valoramos más allá de los conciertos con temas principales conocidos de películas, porque con ella tenemos la oportunidad de escuchar en directo las composiciones que los músicos han escrito para escenas concretas que, bien por su dificultad para ser recepcionadas con agrado por el público más lego o por una incidentalidad catalogada erróneamente intrascendente o ‘de relleno’ para las imágenes, no tenemos la oportunidad de disfrutarlas en directo y apreciar las dificultades que para determinados instrumentos suponen o la riqueza orquestal de la que hacen gala. Un ejemplo de ello lo tuvimos en el auditorio de Fibes en Sevilla el pasado 23 de enero cuando la ROSS dio rienda suelta al que particularmente considero el momento musical más relevante de la película y la partitura de John Williams para Jurassic Park: la llegada de la expedición protagonista a Isla Nublar en helicóptero, sobrevolando la inmensidad del mar, la irrupción de los instrumentos de viento metal en todo su esplendor precedidos por el golpe de címbalo cuando el multimillonario Hammond advierte entusiasmado que están llegando al lugar donde su capricho se ha hecho realidad, reiterado instantes después, en toda su magnificencia, en el aterrizaje en el que las trompas y tubas reinciden en el espectacular tema al más puro estilo Williams no solo musical, sino en su objetivo narrativo como divisorio de secuencias, en el que la aparición de temas orquestales abiertos tras escenas silenciosas o dialogadas es marca de la casa del compositor y no solo en el cine spielbergiano.
En este sentido, cabe recordar obras no tan reputadas como la primera secuela de Tiburón, que dirigió Jeannot Szwarc, en la que se emplea este mismo recurso quince años antes de musicalizar la epopeya jurásica, en la que Williams nos dejó un tema principal mucho más retentivo para los oídos de los espectadores del filme y del concierto en Sevilla que prácticamente cubrieron el aforo de varios miles de butacas del auditorio de Fibes que en principio iba a acoger dos conciertos, 22 y 23 de enero, si bien días antes la organización anunció que la cita de la primera jornada del jueves quedaba suspendida «debido a problemas logísticos y técnicos imprevistos», lo que obligó a realojar el viernes a quienes ya habían adquirido entrada para el día anterior si mostraban su deseo de asistir en lugar de optar por el ofrecimiento de la devolución del coste de la entrada.
Una banda sonora narrativamente perfecta
El concierto de la ROSS fue un extraordinario espectáculo dedicado a una banda sonora de las más populares de Williams, tanto por el fenómeno generado por la película como por la citada facilidad para retener en el oído un tema principal que en su momento dio lugar a cierta polémica por sus similitudes con la música que Quincy Jones había compuesto ocho años precisamente para la película de Spielberg El color púrpura, curiosamente una de las pocas cintas de toda la carrera del cineasta nacido en Cincinnati que no ha musicalizado Williams. La virtud de ser asimilada con cierta facilidad no significa simplicidad en su composición ni resta mérito al talento del compositor. Si fuera así, tendríamos que culpar erróneamente a Alex North de componer una banda sonora ‘sencilla’ para Espartaco por su tema de amor. Hay tanta música elaborada en la partitura de North como en Jurassic Park de Williams, y si no, vuelvo a reivindicar los nueve minutos de secuencia de la llegada a Isla Nublar, recogidos en un solo tema en el disco de la edición original de la BSO.
Quizás Jurassic Park no sea un dechado de música a lo largo de más de dos horas de duración de la película, pero quienes asistieron al concierto el 23 de enero tuvieron el privilegio de comprobar que no por musicalizar más secuencias el producto final es mejor. Personalmente considero que Jurassic Park es uno de los ejercicios narrativos de Williams de los más selectos de su carrera, en contraposición a la música si la valoramos por sí sola. Pero no nos olvidemos que estamos hablando de música DE CINE, premisa fundamental en nuestro ámbito de análisis. Williams, maestro tendente a fagocitar la imagen con su impresionante talento musical, realiza un admirable ejercicio de contención y es de agradecer. Así, dio gusto ver al maestro Gabriele visionando con cierta relajación secuencias como la del Tiranosaurus Rex comenzando a hacer estragos en la lluviosa noche, los efectos sobre Dennis Nedry del ‘angelical’ Dilophosaurus o la espectacular secuencia de la huida del paleontólogo Alan Grant y los niños Lex y Tim en la estampida de los gallimimus, algunos de los cuales terminan sirviendo de festín al Rex. Peritas en dulce en lenguaje coloquial para musicalizar que Williams decide no interferir a favor de los efectos de sonido y de un silencio musical que costaría practicar a cualquier compositor.
Las alabanzas del maestro Williams a la ROSS
Por lo tanto, la distensión le duraba al maestro Gabriele y a los músicos de la ROSS lo que acertadamente decidió en su día Williams a la hora de aportar su talento a una película proyectada en el concierto en dos partes, una primera de 70 minutos con una pausa de alrededor de veinte y una segunda mitad de casi una hora. Tiempo en el que una parte de los espectadores pudieron ver y leer con mayor detenimiento el tríptico que se les entregó a la entrada de la sala, editado a todo color y que muchos estarán preguntándose en este momento qué interés puede tener su mención. Es obvio que no tendría mayor relevancia que convertirse en pieza de recuerdo para los más fetichistas sin mayor mención en esta crónica si no fuera porque en una de sus caras incluyó un texto firmado por el propio John Williams y personalizado para este concierto en concreto. Bajo el epígrafe titulado «Nota del compositor», el creador de la banda sonora expone algunas cosas interesantes y toda una loa a la calidad de la orquesta sevillana, afirmando que «esta noche podemos deleitarnos con el magnífico sonido que produce la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla al interpretar la banda sonora completa en directo junto a la proyección (…) sé que hablo en nombre de todo los que participamos en la realización de Jurassic Park al decir que nos sentimos profundamente honrados por este evento». Todo un lujo contar con estas palabras del maestro Williams directamente remitidas a los organizadores del evento, y firmadas a pie de texto con su rúbrica de puño y letra reproducida en el tríptico.
La ROSS, experta siempre en trasladar a los espectadores de sus conciertos los códigos emocionales de la música cinematográfica, supo contagiar al público de los tres elementos esenciales que conforman Jurassic Park y con ella su música: la monumentalidad de un proyecto mesiánico que trata de burlar el hecho de que la naturaleza se abre paso por sus propios medios, reflejada principalmente en el tema citado de la llegada a Isla Nublar empleado también en la lucha final del Rex contra los velociraptores; el ámbito humano y emotivo relacionado con la creación de la vida traducido en el melódico tema principal utilizado la primera vez cuando aparecen los dinosaurios armónicamente en el hábitat creado para ellos a la vista de los asombrados y emocionados paleontólogos, en los braquiosaurios y el tierno momento con los niños y el doctor Grant en el árbol o en el tema ferial y melancólico que suena durante el relato de John Hammond y su circo de pulgas. Y en tercer lugar, los temas a caballo entre el terror, el suspense y la acción con especial interés nada más comenzar la película en el incidente con el velociraptor enjaulado, cuya música está compuesta al más puro estilo de las puestas en escena iniciales Spielberg-Williams (me resulta memorable en este sentido la que lograron para Indiana Jones y el templo maldito) y que, dicho sea de paso, convierten al maestro en el heredero más diáfano de quien diera los primeros pasos para convertir la música de cine en un elemento narrativo: Max Steiner. De hecho, son sorprendentes las similitudes estilísticas (no de notaciones) del tema relativo a la isla del King Kong de 1933 con el de Williams para la mencionada secuencia inicial de Jurassic Park, todo ello explicado en el vídeo del análisis musicológico cuyo enlace expuse en las primeras líneas de este texto.
Popularizar la música de cine inapropiadamente
Con una sincronía extraordinaria con la imagen y los aplausos enfervorizados del público en los créditos finales de la película, al sobresaliente éxito de la ROSS en este concierto solo hubo que ponerle dos inconvenientes ajenos a la contrastada calidad de la orquesta: faltaron los coros que en algunos momentos acompañan a varios temas de la banda sonora, aunque podemos ser condescendientes porque son testimoniales y fugaces y por lo que supone una masa coral de encarecimiento económico presupuestario, y la sorprendente permisividad de la organización para que el público comiera y bebiera en cualquier momento del espectáculo. El descanso, que es algo que interrumpe la película cuando nadie está cansado como sentenciaba mi admirado Carlos Pumares, se incluye en un concierto de esta índole tanto para los músicos como los asistentes, que tienen además la oportunidad de consumir en las cantinas habilitadas a tal efecto durante los veinte minutos que se destinan para ello. Resulta incomprensible por lo tanto que durante el desarrollo del evento se permita que decenas de espectadores utilicen las bandejas de los asientos para colocar bebidas, bocadillos o paquetes de chucherías o patatas, provocando durante el concierto ruidos a veces enormemente molestos, en especial de envoltorios de plástico o aluminio, caídas de contenidos, trasiego de servilletas y pañuelos y todo un sinfín de gestos impropios en un concierto de una orquesta sinfónica. Porque no olvidemos que este espectáculo no se reduce a una sala de cine en la que se proyecta una película, sino principalmente un acto artístico musical de gran envergadura en el que, como en todo evento de esta índole que se precie, es necesario guardar el debido silencio, no solo por respeto al propio público, sino principalmente a los músicos. En tantos años asistiendo a conciertos jamás ha vivido algo tan inaudito ante la permisividad del personal de mantenimiento y acomodadores de la sala.
Popularizar la música orquestal está muy bien, pero pagar como precio faltarle el respeto e interferirla por hacer negocio vendiendo comistrajos es algo tan escandaloso como el ruido de las bolsas que los contienen. Quiero entender que, con la pasividad mostrada por la organización en ese sentido y ante la cantidad de espectadores consumiendo sin comedimiento alguno, se abrió una peligrosa veda a la cual los primeros en oponerse deben ser los profesionales sobre el escenario, a los que, independientemente de esta circunstancia ajena a la gran calidad de lo ofrecido, ya esperamos impacientemente en la próxima apuesta que la ROSS dedique a la música de cine en su programación para la temporada venidera.









