«Hay gente que me dice
que la capacidad de soñar pertenece a la niñez y a la primera juventud, y que el talento para el sueño se pierde con
las facultades del oído y la vista. La experiencia me dice todo lo contrario.
Hoy día sueño más que de niña o de muchacha, y en mis sueños actuales están las
cosas más precisas y admirables que nunca».
(Isak Dinesen)
Isabel tenía –tiene- unos ojos profundamente azules. Los
almendraba cada vez que cruzaba los pasillos del colegio, acompañada de sus
compañeras, cuando yo tenía la fortuna de lograr que su mirada se cruzara con
la mía. Yo contaba con apenas catorce años, mi curso era Octavo de EGB ‘A’ y
ella estaba en el ‘B’. Eran tiempos distintos a los actuales y en Cádiz había
niños como para saturar aquellas aulas de pizarras empolvadas de tiza
empaquetada en barras y ceniceros humeantes en las mesas de los profesores. A
nosotros nuestra clase nos parecía enorme, como un gigante engulléndonos en su
rutina matutina. La luz penetraba por unos ventanales intercalados
simétricamente en el muro hacia el exterior, desde donde se filtraban el
silbato de los trenes y los ruidos de las grúas de los astilleros al otro lado
de la vía férrea. Casi cinco décadas después, hace varios años, regresé a Octavo ‘A’ como
visitante para comprobar que, en realidad, no era tan monumental. Éramos
nosotros los pequeños quienes íbamos creciendo a cada curso que superábamos.
Pero hablaba de Isabel, que al estar en el ‘B’, para
cualquier cosa a la que había que acudir ordenadamente —es decir, a todo— iba detrás de mí por disciplina organizativa. Yo
disfrutaba de ventaja sobre ella al iniciar el recorrido por un laberinto
repleto de puertas a uno y otro lado, interrumpido por alguna escalera que
conducía a la planta superior con más aulas. Había una estatua de madera de una
Virgen ante la que algunos se persignaban diariamente con una apresurada señal
de la cruz. De manera que, al volver del patio en el tiempo de recreo especialmente, aprovechaba la distancia de ventaja que me daban unas decenas de alumnos,
ellos con aquel uniforme de camisa cruda, jersey azul en forma de pico, un pantalón
gris que provocaba continuos picores desde los albores de la primavera y mocasines de
color negro. Las chicas lucían su falda de tartán con tonos verdes, azules,
blancos y unas líneas amarillas que venían a darle un toque ‘rompedor’ al
geométrico diseño. Cuando llegaba a la clase me apostaba en el
quicio de la puerta, como quien no quiere la cosa, dándole mi particular
utilidad a los minutos muertos. Esperaba en permanente estado de vigilia, con
un ojo pendiente de las filas del alumnado y con el otro de la amenazadora
irrupción del profesor. Aguardaba a tener la dicha de que aquellos preciosos ojos
claros se cruzaran con los míos. Perdí la cuenta de los intentos porque a veces
aparecía don Manuel, Don Juan o el padre Aranda y corría veloz hacia mi pupitre
antes de que recibiera la correspondiente reprimenda. Otras, los machitos del ‘B’,
que eran más altos y guapos que yo, precedían a las chicas y quiero suponer
que, inconscientemente, me impedían la visión amplia para cumplir con mi
inconfeso ritual. Tengo que decir que fueron menos las veces que Isabel dirigió
su mirada hacia otro lado huyendo de la mía, porque la mayoría de las ocasiones
que se sentía observada durante aquellos escasos segundos me correspondía con
una pizca de dulzura, una dosis de compromiso y un toque de protocolaria
educación. Imagino que el mismo método que empleaba con otros supuestos mirones como
yo, pero para mí aquel gesto se convertía en una particular sonrisa de Duchenne.
Supongo que le extrañaría la actitud de aquel niño que consideraba misión imposible
acercarse a una chica ni para pedirle la hora porque yo era tremendamente
tímido. En la calle, si me encontraba con alguna compañera de clase en horas no
lectivas, corría literalmente para cruzar de acera o esconderme tras los
coches. Quizás no era el único argantoniano ingenuo e incipientemente
enamoradizo como dictaminaba la edad y alguno que otro practicaba el mismo
juego de miradas con ella, aunque me agradaba comprobar que la inmensa mayoría
de mis compañeros preferían observar las nacientes voluptuosidades de algunas
chicas más sinuosas que pronto tendrían que escoger entre ciencias y letras y
en apenas un par de años llegarían a COU, gente ya en plenitud de la
adolescencia e inalcanzable según la visión que nos aportaba asomarnos al pretil
de la juventud viviendo aún en casa de la infancia. Esa indefectible carrera de
las niñas más ‘aclamadas’ hacia su desarrollo físico me importaba muy poco. Yo
era más de contemplar aquella chica etérea, de tez clara y cabello rubio, que
apenas se dirigía a mí pero que, con una sola y fugaz mirada correspondida, hacía
felices mis días de colegio, de recreativos por la tarde y de primeras cervezas
los fines de semana.

Y así pasaron las semanas, los meses, varios años, alguna que
otra charla no más allá de ciertas dudas sobre las matemáticas o los recursos
estilísticos literarios y, como excepcional distensión, preguntas sobre si coincidiríamos en la
excursión de fin de curso a Mallorca. Nada que me hiciera pensar que había sido
escogido como chico preferido por ella, pero lo suficiente como para creerme
Johnny Guitar y convertir a Isabel en mi Vienna particular sin ni siquiera
saber aún de la existencia de la maravillosa película de Nicholas Ray.
«Miénteme. Dime que me has esperado todos estos años…».


Yo me marché del Colegio Argantonio en 1986. Dejé
abruptamente el centro y mi vida cotidiana en Cádiz, y con todo ello a mis
compañeros de pupitre. El destino ha querido que volvamos a encontrarnos
décadas después, gracias a una labor grupal de deseada constancia, iniciada por
un compañero, que para mí tiene poco de nostalgia y mucho de redención. Porque
la nostalgia es el dolor sufrido por no poder regresar, y yo no quiero volver
atrás. Cuántas cosas hemos construido –todos los que estáis leyendo ahora
mismo- desde que éramos niños, cuántas personas han formado parte de nuestras
vidas y qué final del camino hemos comenzado a trazar cuando hemos llegado al
cénit de nuestra madurez. Se equivocan quienes creen que añoro el pasado al ver
en mis redes fotografías de mis máquinas recreativas arcade de los años 80 en
mi casa, rescatadas de garajes, bares o naves polvorientas, exponer en las estanterías mi ZX
Spectrum de 1983 o un peluche del Tívoli World. Todo eso contribuyó a ser quien
soy y conviene no olvidar que, en la medida que consideremos oportuna, debemos
ser justos con las cosas y las circunstancias –buenas y no tanto- que nos han
hecho ser lo que somos. Lo demás es renegar también de la gente que te rodeó y
sobre todo de ti mismo, que es lo más triste.
Digo que reanudar –desde hace ya unos años- el contacto con
aquellos compañeros de pupitre ha tenido mucho de redención porque las heridas
que producen las puertas cerradas de manera apresurada jamás se curan si no
aprovechas la oportunidad que puede volver a darte la vida para abrirlas nuevamente y comprobar que hubo gente que siempre estuvo en la otra habitación
esperando el abrazo que no diste cuando te marchaste. Y, qué puñetas, siendo más
prosaico, las cervezas que no te bebiste, las frikadas no compartidas y la sana
necesidad de ver a los/las colegas por el mero cachondeo, sin necesidad de
crear empresas, asociaciones ni objetivos de cualquier índole, que ya bastante
hemos hecho en este sentido en la vida de cada cual a lo largo de cinco décadas.
Me disperso en mis reflexiones. Yo os hablaba de Isabel. Lo
que ocurre es que vivimos en un mundo en el que la mayoría de lo que
compartimos con los demás a través de las redes sociales aporta más bien poco a
la hora de que afloren los sentimientos gracias a una labor de rescate en
nuestro córtex cerebral. Nos conformamos –no me eximo de ello, que conste- con
la favorecida estética del yo en un placentero y fugaz instante, que nos
servirá de refrendo de nuestra potencial belleza o valía en función de las reacciones
mostradas por los demás en forma de corazones, pulgares o palabras aduladoras.
Y yo, que soy un pedante que trato de curarme sin resultado alguno, me aplico
el efecto placebo de mis devaneos interiores, con la esperanza de que a alguien
le sirva para recordar las miradas hacia los primeros amores platónicos e inconfesos,
el olor a las clases de dibujo con la tinta china derramada, el barro pegado en
las botas de agua en el regreso de la escuela en las gélidas y penumbrosas
tardes de enero y el llanto por la tierra amada como tituló Alan Paton.
En la foto de abajo, Isabel y yo, el viernes 14 de agosto de
2026, en Cádiz, tras 41 años sin vernos. Me acordé de contarle todo esto, con
la perspectiva y la comodidad que te da el transcurrir del prolongado tiempo y lo vivido. Resumí mi confesión,
entre las risas de nuestra charla, con una frase: «Ya ves, fuiste mi musa del
colegio». Al día siguiente, camino del lejano lugar donde reside en estos últimos
años, me escribió un mensaje: «¡Gracias por todo lo que me contaste ayer! ¡No todos los
días me dicen que he sido una musa!». No sé si volveré a verla alguna vez, quizá
el verano próximo, como en una bella historia de mi admirado Éric Rohmer.